Heberto Castillo.

Hace muchos años se decía que los hombres de bien daban su palabra y que ésa era la única que tenían. Después se usó la expresión palabra de honor para dar a entender que cuando se daba se comprometía el honor. Los tiempos pasan y las costumbres cambian. Ahora, en el mundo moderno civilizado, para que la palabra tenga algún valor debe darse por escrito. El dicho “papelitos hablan” es claro en cuanto a que no es sano dejar las cosas a la palabra, porque lo más probable es que la persona más débil sea engañada.

Los débiles suelen ser, en esta sociedad globalizada, las mujeres, los trabajadores, los campesinos y, desde luego, los indios de cualquier continente. Y son por ello los que con mayor frecuencia son engañados por los señores poderosos, suficientemente “inteligentes” para decir la mentira apropiada en el lugar y en el tiempo adecuados. Por supuesto que también se engañan entre poderosos, porque faltar a la palabra se volvió costumbre. No sé en verdad desde cuándo. Por más que reviso mis libros de historia, no acabo de precisar la fecha.

Antes, quienes faltaban a su palabra eran considerados, sin más, hombres sin honor, o peor, traidores. Hubo por supuesto traidores que usurparon el poder. La historia refiere un buen número de ellos. Don Vicente Guerrero fue víctima de una traición infame, para morir fusilado y asegurar el poder para sus enemigos. Pero recuerdo que el traidor Picaluga, aquel que lo invitó a almorzar a su barco para apresarlo y después entregarlo a sus adversarios, fue desposeído de sus bienes en Italia por traidor y allá murió deshonrado. Victoriano Huerta fue un traidor más afortunado, usurpó, asesinó, disfrutó del botín y murió en su cama, pero despreciado por todos. Jesús Guajardo consumó vil traición contra Emiliano Zapata el 10 de abril de 1919, pero su memoria es, si alguien se acuerda de él, la de un traidor.

No todos los que faltaron a su palabra fueron considerados traidores. Muchas veces se les valora, sobre todo ahora, como políticos o empresarios u hombres de negocios inteligentes. La mentira es hermana de la falta de respeto a la palabra, porque se falta a la verdad. El mundo moderno de la política y de los negocios está lleno de emboscadas y de mentiras. La publicidad moderna no es otra cosa, las más de las veces, que saber mentir atribuyendo a los productos cualidades que no tienen, o exagerando las que poseen. Se considera a todos como enemigos y así se justifica el engaño. En la guerra y el amor, se dice cínicamente, todo se vale. Por ello se miente cotidianamente, se prometen cosas que se sabe que no se van cumplir.

Pudiéramos decir que en estos tiempos esa es la política común, no decir la verdad; se puede hacer sin mentir, ocultándola, disimulándola; decir muchas palabras sin decir la verdad. O comprometer la palabra sin cumplirla. La nación mexicana se ha forjado así desde la dominación española.
Las leyes de la corona española eran letra muerta en nuestro suelo:” acátese, pero no se cumpla”, se ponía al pie de los pergaminos que las contenían. Nuestras constituciones han sufrido igual suerte. Los derechos sociales e individuales están consagrados en la Constitución, pero también están ahí, olvidados. Los gobiernos de la República se han perfeccionado en el uso de la mentira, en la demagogia, y en los tiempos posrevolucionarios, en la práctica del asesinato para desembarazarse de adversarios demasiado molestos o de correligionarios insumisos.

El pueblo casi se acostumbró a que lo engañaran. Incluso llegamos algunos a pensar que también aprendió a simular y a disimular. Los procesos electorales han sido una farsa durante muchos años. Es en los últimos tiempos cuando comienzan a ser en verdad efectivos para que la mayoría de la población elija a sus representantes y a sus gobernantes. Pero hasta la rebelión cívica de 1988-1994, el pueblo simuló creer que había elecciones en el país. Y el gobierno creyó que el pueblo creía. Hasta 1988.

Durante estos años, el PRD movilizó a la opinión pública, alertándola contra el gobierno usurpador neoliberal, traidor a los intereses de la nación, de Carlos Salinas de Gortari. Desde todas las trincheras donde pudimos, los perredistas llamamos al pueblo a organizarse, a reflexionar y a rechazar una política de engaños, de simulaciones y de entrega de la economía del país a los intereses extranjeros.
El pirata Carlos Salinas abordó la nave de la nación, compró conciencias en la prensa escrita, radiada y televisada de México y del extranjero, que engañó a dirigentes democráticos de naciones hermanas, y se entregó a los intereses de las naciones imperialistas que lo prohijaron Y cuyos dirigentes (Margaret Thatcher, George Bush, William Clinton, Boris Yeltsin) contribuyeron a darle resonancia mundial como ejecutivo ejemplar para los países en desarrollo, al lado de especímenes como Carlos Menen y Alberto Fujimori.

Así, hizo de las suyas en esta sacrificada nación mexicana y la despojó de alrededor de 900 empresas nacionales, malbaratándolas entre sus amigos y socios. El engaño al pueblo fue descomunal, porque mientras se privatizaban las empresas de la nación se repetía una y otra vez, por todos los medios de comunicación, que esa política permitiría al gobierno dedicar sus esfuerzos a servir mejor a un pueblo que había sufrido merma sistemática del poder adquisitivo de su salario en los últimos seis años.

Se advertía que habría un sacrificio inicial de las clases laborantes, que produciría mejoras inmediatas en la macroeconomía. Esto es, habría incremento del PIB, disminución de la tasa de inflación y de la deuda externa y la confianza de los inversionistas extranjeros traería miles de millones de dólares al país. La tasa de inflación disminuyó, en efecto, porque se abatió aún más el poder adquisitivo del salario y los inversionistas llegaron al mercado especulativo, a la Bolsa de Valores, donde obtienen ganancias sin pagar impuestos y a sabiendas de que pueden emprender la retirada al menor indicio de una debacle financiera.

La fama pública que se creó Salinas disponiendo libremente de los recursos de la nación, con la ayuda de los medios de difusión y de los analistas y comentaristas que recibían prebendas casi sin límite, fue determinante para que durante los seis años de su gobierno se consumara el mayor engaño al pueblo de México, el mayor engaño y el mayor despojo de sus bienes. Los negocios sucios de los Salinas ocurrieron ante los ojos de sus compañeros de equipo. “Nadie puede ocultar ni la riqueza ni el amor”, dice el adagio popular. Y los Salinas se enriquecían sin límite ante los ojos de los funcionarios públicos que con ellos trabajaban.

A pesar de las múltiples denuncias que hacíamos de los malos manejos de Carlos Salinas, nunca se hizo otra cosa desde el Congreso que consignar las protestas y denuncias provenientes del PRD. El PAN sostuvo todo el tiempo la alianza con Salinas a través de Fernández de Cevallos. Ahora sale a relucir el despojo a la nación.

En Texas, la justicia de Estados Unidos recibe testimonios de testigos protegidos que involucran a la familia Salinas en el narcotráfico. Se menciona a Raúl Salinas Lozano, padre de Carlos y Raúl, como el que los inició en el sucio negocio. Carlos Marín se anota otro triunfo periodístico dentro de Proceso en su ya larga cadena de éxitos, poniendo en jaque a los gobiernos de Estados Unidos y de México.

La protesta del gobierno yanqui por la filtración confirma la autenticidad de los textos publicados por Marín. Por si fuera poco lo que ocurre, a las pocas horas de conocidos los documentos de Houston que implican a Carlos Salinas, se aprehende al general Jesús Gutiérrez Rebollo, hasta ese momento director del Instituto Nacional para el Combate a las Drogas, acusado de servir al capo Amado Carrillo, mejor conocido como “El señor de los cielos” por su capacidad para transitar libremente por todo el país por la vía aérea sin ser detectado. El general faltó a su palabra de honor, de la cual todavía se habla en el Ejército Mexicano, y sus ex compañeros lo condenan abiertamente.

Pero en el país impera el desconcierto, la desesperanza. El pueblo cada vez más tiene la certeza de que el gobierno no cumple su palabra y que no tiene el menor interés en cumplirla si al hacerlo se afecta el ejercicio de su poder.

Es el caso de Ios acuerdos de San Andrés, que el 16 de febrero cumplieron un año de haber sido firmados. No entienden los indígenas por qué el presidente Zedillo habla de que “se opondrá a que en la reforma a la Constitución se establezcan normas que permitan la división de nuestra patria”, cuando ellos demandan en Chiapas, a través del EZLN, la libre determinación y la autonomía dentro del Estado mexicano, que justamente garantizarían mayor unidad.

Tampoco comprenden que se afirme que no se aceptará que en esa reforma “se margine a los pueblos indígenas, porque ellos deben ser iguales en derechos a los demás mexicanos”, cuando precisamente eso es lo que se convino en los acuerdos de San Andrés y eso es lo que se transcribió en el proyecto de iniciativa de ley de la Cocopa. No admiten que se rechace, sin más, definir a los pueblos indígenas en la Constitución de acuerdo con el Convenio 169 de la OIT, firmado por el gobierno de México, ya que así se estableció el 16 de febrero en San Andrés Larráinzar.

Tampoco aceptan que se rechace ahora mencionar a los pueblos o comunidades indígenas como entidades de derecho público, puesto que así se les llama en los multicitados acuerdos. Para nada, por otra parte, se avienen a que se niegue que se reconozcan sus usos y costumbres como normas sustantivas, siempre y cuando no se violen las garantías individuales consagradas en la Constitución, derecho reconocido también en los Acuerdos de San Andrés.

Por último, no consideran aceptable de manera alguna que ahora se rechace que ellos pueden acceder de manera colectiva al uso y disfrute de los recursos naturales que se encuentran en sus tierras y territorios, porque el 16 de febrero en San Andrés se convino que ello era necesario consagrarlo.

Una de las costumbres que han conservado durante siglos los indios mexicanos ha sido mantener su palabra. Para todos ellos la palabra dada es palabra de honor. La desconfianza en el mestizo, en el ladino, proviene del engaño sistemático que éste ha practicado en perjuicio de los indígenas. Ahora se acrecienta la desconfianza cuando se comprueba que los Acuerdos de San Andrés no se cumplen. El gobierno ha dicho incluso que de haber sabido que éstos deberían trasladarse en sus partes sustanciales a la Carta Magna, hubiera mandado a San Andrés a un equipo de juristas que impidiera se filtraran todas las cosas que ahora “ponen en peligro la unidad de la nación y la soberanía nacional” .

Es casi increíble que se diga semejante cosa desde un gobierno que ha comprometido tan seriamente la soberanía nacional con el extranjero a través del TLC y de los enormes empréstitos contratados a principios de 1995, que incluso hipotecaron el petróleo nacional.

Para quien estas líneas escribe, es evidente que el gobierno firmó los acuerdos de San Andrés sin la menor intención de cumplirlos, pensando tal vez que el desgaste del EZLN haría posible menguar después el alcance de las conquistas indígenas plasmadas en esos documentos. Olvidó, sin embargo, que en la Cocopa estábamos mexicanos que mantenemos algunas de las costumbres indígenas, entre ellas muy especialmente la de ser fieles a nuestra palabra, a nuestros compromisos, aún a riesgo de nuestra libertad y de nuestra vida. Fuimos testigos de honor en la firma de los Acuerdos. Está nuestra palabra empeñada y la haremos valer. Si una de las partes quiere desconocer los Acuerdos, puede hacerlo, pero a costa de su honor, no del nuestro.

Que conste.