Heberto Castillo.

Cuatro semanas antes del 10 de junio, Tere me visitaba en Lecumberri. Era jueves 13 de mayo. Estaba yo preso en el viejo penal de Lecumberri. Ese día, la crujía M estaba alborotada porque había trascendido que saldrían libre José Revueltas y otros compañeros encarcelados durante el movimiento estudiantil popular de 1968.Yo había rechazado salir libre para dejar el país como me lo propuso un enviado de la Secretaría de Gobernación: primero debería salir todos los presos del 68. Después, hablaríamos de mi caso. -Si no firma, no sale- me dijo en mayor Palacios. No firme y salí. Me metieron por la fuerza a la cárcel, y por la fuerza me sacarán. Cuando salí de Lecumberri oscurecía, pero a mí el cielo me pareció luminoso. Afuera esperaban entusiastas parientes de otros liberados. Tere condujo el automóvil hasta la casa.

El movimiento estudiantil universitario había tomado fuerza con la liberación de los primeros presos del 68. Todavía los principales dirigentes estaban desterrados en Chile hacía unas semanas; los otros liberados actuaban ya en el medio estudiantil. Al día siguiente de mi liberación, participé en un mitin en la Universidad Iberoamericana.

Había entonces problemas universitarios en Nuevo León. El gobernador Eduardo Elizondo se empecinaba en poner una absurda ley orgánica para la universidad de aquel estado; encabezados por el rector –ingeniero Héctor Ulises Leal-, los universitarios neoleoneses luchaban contra esa imposición. En la ciudad de México, los estudiantes preparaban una marcha en apoyo a sus compañeros regiomontanos. Desde 1968 hacía ya mucho tiempo que no desfilaban por las calles. La lucha en Nuevo León dio frutos. Elizondo renunció y Luis M. Farias fue nombrado gobernador interino.

Hubo desconcierto. Quedaba un poco en el aire si la marcha que se preparaba iba a ser un acto de solidaridad con los universitarios neoleoneses.

Luis Echeverría se empeñaba en hablar de “apertura democrática” en tiempos en que las manifestaciones se disidencia se hayan prácticamente congeladas. Los universitarios estaban atrincherados dentro de las escuelas, y los únicos movimientos discrepantes eran las guerrillas (urbana y rural).

Echeverría hacía vislumbrar, para algunos, mejores tiempos. La liberación parcial de los presos del 68 parecía anunciar una apertura más amplia. Los rumores de una ruptura entre Echeverría y Gustavo Díaz Ordaz hacía concebir esperanzas. Pero había obvios representantes de Díaz Ordaz dentro del gabinete: Martínez Domínguez era uno de ellos; Julio Sánchez Vargas, el procurador, otro.

El caído Elizondo tenía fama de reaccionario. Había encabezado años antes la lucha contra el libro de texto gratuito. Su renuncia podía interpretarse entonces como una posición progresista de Echeverría. Y, en eso días, Mario Molla Palencia, Secretario de Gobernación, declaró que los exdirigentes del 68 que habían sido expulsados a Chile podían regresar cuando quisieran. Trascendió que Elizondo renunció porque el “centro” no lo apoyaba y lo hostilizaba, que rechazó las sugerencias que Echeverría le hizo llegar a través de Luis M. Farias. Los estudiantes decían que eran arreglos interburgueses. Sea como fuere, los universitario de Nuevo León se habían sacudido a un enemigo y podían avanzar si procedían con inteligencia.

En la ciudad de México, los muchachos estaban alborotados por la presencia de sus líderes tanto tiempo encarcelados y quería ganar la calle a como diera lugar, así que siguieron adelante con los preparativos de la marcha. El recibimiento que se dio el 4 de junio en le auditorio Che Guevara a los exdirigentes del 68 que regresaban de Chile fue apoteótico. Estuvieron ahí Raúl Álvarez Garín, Eduardo Valle Espinoza, Gilberto Guevara Niebla, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, y otros. Recibieron ovación tras ovación. Contestaron a la prensa y a la televisión. Me invitaron a subir al presídium y dije unas palabras: Que nos organizaríamos y construiríamos un instrumento de lucha para hacer tomar el poder a los trabajadores. ¡Venceremos, venceremos!, salió gritando la muchachada. Participamos en las discusiones en torno de la marcha propuesta para el 10 de junio. Los principales organizadores eran miembros de los COCOS (comités coordinadores de lucha), donde actuaban algunos exdirigentes del 68.

Advertimos reiteradamente que era peligroso hacer una marcha en las circunstancias de entonces: una apertura a medias, una pugna aparente entre Echeverría y Díaz Ordaz; se había resuelto, en parte, el problema en Nuevo León, era probable que se utilizara la marcha para desatar la violencia. Por esas razones, quienes en la cárcel habíamos trabajado por organizarnos políticamente, acordamos no participar.

Advertimos que a escasos 20 días de liberados, recibíamos ataques a diestra y siniestra. Los sindicalistas universitarios, Evaristo Pérez Arreola y Nicolás Olivos Cuellar, firmaban volantes acusándonos de ser los instigadores de la violencia. En la prensa se inscribían artículos señalando al los recién encarcelados como “nefastos para la tranquilidad del país”. Las diversas policías vigilaban nuestras casas y seguían nuestros pasos.

Escribí un artículo (“Un alto en el camino”) en que invitaba a los estudiantes a reflexionar, a medir correctamente las circunstancias en que nos hallábamos, a tomar en cuenta las pugnas entre los poderosos, advirtiendo que la manifestación podía convertirse en una trampa. El artículo se publicó el 10 de junio en El Universal.

Nada más pudimos hacer. La marcha se llevo a cabo y los Halcones adiestrados en el departamento del Distrito Federal, con la complacencia de la policía, golpearon a periodistas, rompieron cámaras fotográficas, hirieron, mataron y remataron muchachos, incluso en las camas del hospital Rubén Leñero en la Cruz Verde. Algunos después me preguntaban en mesas redondas, conferencias, mítines, que cómo había sabido yo lo que iba a suceder, quienes me habían informado. Expliqué que la lógica sirve para algo. A veces para prever acontecimientos. De ese artículo y de la posición que asumimos, surgió una sucia campaña en contra nuestra. Toda la izquierda nos atacó. Los “aperturos” empezaron a llamarnos “heberturos”, en el colmo del desprecio.

Los periódicos del 11 de junio aterraban. La información sobre la salvaje agresión de los manifestantes en San Cosme ponía los pelos de punta. La matanza del 2 de octubre había sido bárbara, criminal, pero tal ferocidad se explicaba porque Díaz Ordaz estaba enfermo de autoritarismo, los estudiantes lo habían puesto verde, y se había terminado con el mito del respeto casi religioso al presidente de la República. Pero ahora, ¿en plena apertura democrática? Los estudiantes habían sido golpeados inmisericordemente con varas largas, cachiporras, balaceados desde las azoteas del metro en San Cosme, del cine Cosmos. Algunos periodistas nacionales y extranjeros habían sido golpeados y sus cámaras fotográficas destruidas, ¿por qué? Leía el periódico, aterrado, a la entrada de la ciudad de México por la carretera a Toluca, pues había salido de la ciudad el 10 de junio por la mañana. Hablé por teléfono a Emilio Krieger, mi amigo y, durante el tiempo que estuvimos en la cárcel, nuestro abogado. Mi familia se había ido de la casa previniendo cualquier represión. Emilio me aconsejo llegar. No creía que hubiera peligro. Busqué a Tere y a mis hijos, llegamos a casa el 11 por la noche. Habían llegado unos hombres “de la compañía de luz”, según nos informo quien cuidaba la casa. Entraron y revisaron todo.

Tere y mis hijos –Heberto, Javier, Héctor y Laura, el mayor de 15 años- habían sufrido a partir de 1968 muchas persecuciones. Dormimos mal esa noche. El sábado 12, los muchachos se fueron a jugar béisbol a la liga Olmeca. Con Tere y Laura fui a ver a mi padre y a mis hermanas por rumbos de la Normal. Salimos de casa extremando precauciones.

Note que nos seguían dos automóviles de alquiler con dos hombres abordo cada uno. Al llegar a la avenida Cerro del Agua me extrañó ver estacionadas decenas de automóviles de alquiler a espaldas de mi casa. Tere trató de explicarlo: -Me dijeron que aquí vive Martínez Domínguez- y señaló una casa sobre Cerro del Agua, la avenida que llega a la Ciudad Universitaria desde Miguel Ángel de Quevedo. –Los taxistas deben venir a darle su apoyo- dijo. Pero, al pasar por ahí, dos automóviles se sumaron a los que ya nos seguían. Bruscamente di vuelta en redondo y regresé a Quevedo, rumbo al centro de Coyoacán. Detrás venían los carros de alquiles. En una de las callejuelas que salen de Coyoacán, pare el auto y le dije a Tere: -Vete con Emilio-.

Salí corriendo y me interné en las calles empedradas. No pudieron seguirme. Mi propio automóvil les obstruía el paso. Me escondí unos minutos y luego hablé a Krieger. Ya estaban allí Tere y Laura. A ellas no las habían seguido. Emilio fue a buscarme en su automóvil y me llevo a casa, donde su esposa Yolanda y Tere y Laura, mi hija, comentaban la situación. En esa casa pase muchos días en 1968 cuando la policía y el ejercito me buscaban afanosamente, hasta que en mayo de 1969 me capturaron.

El 12 de junio de 1971, mis hijos hicieron una fiesta en casa. Bailaron como bailan los chamacos de 14 a 16 años. La fiesta terminó a las 12 de la noche. Por primera vez en 3 años tenían a su papá en casa y estuvieron muy contentos. Nos disponíamos a dormir, acostados ya, cuando ante la puerta de la casa se detuvieron ruidosamente varios carros. Oía voces y me asome por el visillo de una celosía. Vi que bajaban de varios automóviles hombres armados de pistolas y metralletas. Con rapidez me vestí y tomé el rumbo de la azotea. Antes le dije a Tere: -Llama por teléfono a todo mundo. Yo escapo. Vienen por mí- .

A los pocos segundos estaba yo en la azotea de otra casa. Pero abajo, en la calle, algunos me habían visto y señalaban con sus largas varas hacía donde estaba. Los Halcones, pensé. Eran todos hombres jóvenes a excepción de los que echaban los faros buscadores de sus carros hacía la azotea. No tenía yo salida. Pero sabía que para capturarme tendrían que entrar en una de las casas de la manzana. Quedé semioculto en un tinaco atento a ver si violaban la puerta de mi casa si lo hacían, me entregaría. Pero tenía la esperanza de que entre tanto llegara alguien. Tere, aunque a oscuras, de seguro había llamado. Algunos amigos vivían cerca.

Al poco rato llego Emilio Krieger. Temí por su vida, pero oí su voz, firme, preguntando: -¿Qué se les ofrece señores?- uno de los agentes levanto el brazo y señaló para donde yo estaba.

Se oyeron sirenas. Llego la Cruz Roja, la Cruz Verde, la policía y los bomberos. Tere lo había logrado, había llamado a todo el mundo. Los Halcones desaparecieron, y los agentes también. Baje a la casa a recibir a Emilio, luego llegaron Carlos Fernández del Real y Carmen Merino, que también habían sido mis abogados. No sé quien llamo a Julio Scherer, pero supe que el habló por teléfono con Luis Echeverría y este le ofreció dar garantías “al ingeniero Castillo”. Más tarde llegaron dos modernos automóviles negros con cuatro agentes que enviaba el presidente. Esa noche fue romería en casa.

En amena charla estábamos cuando mis adolescentes hijos, agitados por los acontecimientos y después de haber hecho guardia con sus bates de béisbol –según me contó Tere-, llegaron a informar que en la puerta había agentes de la Policía Judicial que quería hablarme. Javier me dijo entonces: -Papá, el que viene es el mismo que quería entrar con los Halcones-. Era el comandante (¿Eduardo?) Estrada que venía a ofrecerme garantías. Le dijimos que ya estaban ahí dos patrullas de la presidencia. Se despidió muy atentamente.

A partir del 13 de junio estuvieron apostados a la puerta de mi casa dos automóviles negros con 4 agentes de la Secretaría de Gobernación. A pesar de ellos, los merodeos de otros policías y de los Halcones no cesaron. Cuando fui a ver a Julio Scherer para darle las gracias por su intervención, sólo me dijo: -Hermano, no se hable mas del asunto, no se hable mas del asunto. Heberto querido, está es tu casa-.

El lunes 14 de junio, mi casa estaba vigilada por agentes de los carros negros, supuestamente para mi protección, pero a Tere le habían arrojado un automóvil cuando ella daba vuelta hacía casa en Cerro del Agua. Llegué a casa en un taxi. Entré y la encontré preocupada por el incidente. Subí entonces a la azotea por unos papeles que guardaba en el cuarto de servicio. Cuando bajaba, vi subir a dos hombres armados. Tere grito. Eran dos de los agentes que vigilaban la casa. Me tope con ellos de frente, ¿me aprehenderían? No había manera de huir. Uno de ellos pregunto: -¿La escalera para la azotea, ingeniero? ¡Suba con nosotros!- Subí. Los agentes corrieron a mirar hacía la calle. -¡Contra la pared, al suelo!- me dijeron. Me tire al suelo. –Mire allá- dijo el agente, señalando un automóvil desde el que un hombre apuntaba hacía nosotros con un arma larga. Al ver a los agentes armados, el automóvil se movió. -¿Quiere venir con nosotros? Vamos a alcanzarlos-.

Me dieron una escuadra Brownie y salí con ellos. Recorrimos varias calles, pero no los alcanzamos. Regresamos a casa. –Avísenos cuando quiera salir. Hay peligro, ingeniero-.

Ya no salí. Estuve el 14 en casa y todo el 15. Allí me iban a visitar los amigos, los estudiantes. Por la tarde del 14, uno de los automóviles que vigilaban la casa fue embestido por otro. Quedo hecho acordeón. –Un accidente nada más- me dijeron los agentes sin ninguna convicción.

El 15 estuve recluido en casa. Merodeaban agentes del Departamento, se me decía. Los Halcones que me había “visitado” la noche del 12 estaban todavía en acción por algún lugar. Y aunque la prensa anunciaba que el Departamento del Distrito Federal había levantado sus campamentos a marchas forzadas, se sabía que los había organizado el general Alfonso Corona del Rosal cuando era regente, y que ahora estaban al servicio de Martínez Domínguez. Por lo menos cobraban en el Departamento del Distrito Federal.

El acto del martes 15 fue multitudinario. El sistema priísta funcionó muy bien. Miles y miles de acarreados fueron al zócalo a “brindar apoyo a Echeverría”. Alfonso Martínez Domínguez estuvo nervioso, a lado del presidente. Echeverría ofreció castigar a los responsables. Su política de apertura democrática no iba a quedar empañada por un acto así. Era, se decía, una provocación. Alguien se le había salido del huacal a Echeverría, se rumoraba. Vinieron a casa muchos jóvenes. En la universidad Iberoamericana estaban algunos hijos de Echeverría. Ellos afirmaban, según se decía, que Martínez Domínguez era el culpable. Comentábamos los hechos. Se organizaban actos en Ciudad Universitaria, Zacatenco, el Casco de Santo Tomás, la Normal, la Ibero. Esa tarde del 15 de junio habíamos charlado con muchos jóvenes.

A las 19:30 sonó el teléfono. Descolgué la bocina: -Habla Mario Molla Palencia, ingeniero Castillo- yo nunca antes había cruzado palabra con él –por instrucciones del señor presidente de la República le comunico que dentro de unos minutos, a las 8, va a presentar su renuncia Martínez Domínguez-. Se despidió amablemente y colgó. Comuniqué la noticia a los jóvenes que me acompañaban. Prendimos la radio. Escuchamos el breve comunicado: “Para dar paso a las investigaciones, renuncian Alfonso Martínez Domínguez y Rogelio Flores Curiel a sus cargos de regente de la ciudad y jefe de la policía…”

En casa oímos la noticia de la renuncia de Martínez Domínguez. La celebramos. Parecía que las cosas cambiaban en México. Sonó el teléfono de nuevo. Descolgué: -Molla Palencia, otra vez, ingeniero. ¿Qué le pareció la renuncia?- -Bien-, contesté, -si la investigación conduce a prontos resultados como ha ofrecido el presidente-. –De eso quiero hablarle- me dijo. –Tengo instrucciones del señor presidente de mostrarle algunos documentos. ¿Puede usted venir? A la puerta de su casa están dos personas que pueden traerlo acá-.

Llegué a la Secretaría de Gobernación en el lujoso carro que custodiaba mi casa desde el domingo 13 de junio. Al entrar, el Secretario Molla Palencia fue al grano. Sobre una larga mesa tenía esparcidas decenas de fotografías, espeluznantes: -Mire- me dijo, extendiendo su brazo sobre las fotos. Empecé a mirarlas: se veían jóvenes armados de largas varas golpeando a indefensos muchachos. Unos estaban de rodillas, otros tirados, cubriéndose como podían de los golpes. En muchas fotografías se veía la policía uniformada en actitud espectadora de los hechos. Había imágenes de jóvenes hombres y mujeres, inertes, desangrándose. Había fotos terribles de hospitalizados en la Cruz Verde, en el hospital Rubén Leñero, que eran agredidos por los Halcones en sus mismos lechos. Otra foto mostraba a un Halcón descargando un golpe sobre un aterrorizado muchacho encamado. En otra más un agente con pistola en mano se veía en actitud de disparar sobre un paciente, mientras éste se protegía con las manos. Recorrí con la mirada decenas de fotografías. En todas ellas se evidenciaba la complacencia policiaca ante la agresión de los Halcones. Había fotografías muy claras de estos individuos que disparaban sobre la multitud, parapetados en patrullas, desde camiones de granaderos, desde las azoteas de los edificios. Miré a Molla y pregunté: -¿Cómo tomaron estas fotografías y quienes?- No respondió a mi pregunta. –Lástima- me dijo. –Yo estimo mucho a Alfonso. Pero actuó mal, algo pasó. Lástima- volvió a decir. –Como usted ve, maestro- me dijo, -no hay duda de la participación de las autoridades del Departamento del Distrito Federal. Es terrible lo que usted puede ver en esas fotografías. El presidente me ha ordenado que se las mostrara y charlara con usted. Siéntese por favor-.

Charlamos un poco. Me explicó que algunos querían sabotear la apertura democrática que Echeverría deseaba implementar. El presidente buscaba abrir cauces legales a la lucha de clases. No temía a las organizaciones políticas, pero funcionarios del pasado régimen se oponían. –Alfonso equivoco el camino. Quizá perdió el control. La situación del país es grave. Hay un mar de fondo en todo esto- se me acercó y me dijo un poco al oído: -ingeniero Castillo, tengo instrucciones del presidente de decirle que no habrá más información sobre esto. No más. Es todo. Hay muy fuertes intereses metidos. No podemos profundizar más. Hasta aquí quedarán las cosas. Ustedes pedirán mayores investigaciones.

Se dirá que se hacen, usted sabe, pero no se hará más. Es todo lo que vamos a informar, ¿está claro?-. Lo miré inquisitivamente y añadió: -fuerzas del exterior no podemos adentrar más. Es todo lo que se sabrá- se levantó, me tendió la mano, y me dijo: -ingeniero Castillo, si usted relata esta entrevista, la negaré siempre. Es sólo para usted-.

Regresé a casa en el mismo carro que me condujo a la Secretaría de Gobernación.